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Martes, 22 de mayo 2012
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Tierras del Duratón


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Hemos preparado una pequeña serie de rutas para invitaros a combinar la afición que nos une, la del todoterreno, con algunos deportes. Serán recorridos para conocer una zona, desde la perspectiva de naturaleza y patrimonio, y para pasarlo bien practicando alguna de las actividades que promueven ciertas empresas dedicadas a la "multiaventura". La idea es vivir fines de semana diferentes, intercalando otras opciones que consigan hacer inolvidables los días vividos. Para realizar lo citado nuestro compañero de aventuras fue un Toyota Hilux, un vehículo que aunaba todo aquello que necesitábamos: las características de un tt, el placer de conducir y una gran capacidad de carga. ¡Feliz aventura!

Es innegable la magnífica belleza de las tierras segovianas que atraviesa el río Duratón; el impresionante cañón de cortados verticales sobre los que planean buitres y águilas; los densos pinares; las manchas de sabinas; los arenales, las numerosas lagunas; las villas medievales; las centenarias ermitas, los conventos y las construcciones antiguas; la magia y el arraigo de las tradiciones… lo cierto es que todo lo que se extiende a ambos lados de nuestro recorrido recoge una gran naturaleza y un singular patrimonio. Y en el aparente silencio que impone la historia, mientras nuestras manos controlen suavemente los movimientos del coche, será perfectamente posible soñar con pueblos celtas, ciudades romanas, eremitorios visigodos y condes medievales pertrechados en sus castillos.

Hicimos partir nuestra ruta de la localidad segoviana de Sebúlcor, concretamente de la sede de Naturaltur, pues ellos eran los que iban a hacer posible que nos deslizáramos por las aguas del Duratón en piragua, que nos iniciáramos en la siempre inquietante actividad de la espeleología, quienes nos ayudaran a acometer la escalada de una pared rocosa, que nos enseñaran a pasarlo bien en una tirolina o que nos indicaran cómo llegar en bicicleta, acompañados de magníficas imágenes del cañón del Duratón y de la medieval Sepúlveda, hasta la misma villa.

No obstante, nuestra intención era conocer esta zona castellana, así que comenzamos nuestro viaje, desde Sebúlcor, atravesando tierras de labor que nos condujeron a pequeñas poblaciones del centro segoviano, de recias casas y soledad muy castellana. Pasamos por Aldeonsancho, Cabezuela y Venganzones, donde entramos en contacto con el río Cega y su entorno de pinares y arena. Muy cerca quedaba Aguilafuente y, aunque en el recorrido no dejamos marcada la aproximación, nosotros sí aparcamos el libro de ruta y penetramos en la localidad. Nos habían llamado la atención varias cosas del lugar; lo primero era el centro de interpretación de una villa romana que apareció en el término y que estaba ubicado en la iglesia de origen románico de San Juan Bautista; después, un pequeño pero delicioso museo, el del escultor Florentino Trapero. Paseamos por la localidad, conocimos el centro de interpretación de la villa romana, vimos el museo y supimos de la fiesta medieval que a primeros de agosto rememora el Sínodo que celebró el obispo Juan Arias Dávila.

Más tarde retomamos el recorrido, aunque muy pronto lo volvimos a aparcar, pues los humedales de Cantalejo quedaban a poco más de tres kilómetros del camino que queríamos tomar. Dejamos el coche cerca de una laguna y dimos un paseo a pie por la zona para descubrir las numerosas aves que se movían por sus aguas o sobrevolaban las mismas. Un nutrido grupo de buitres leonados planeaba en círculos por encima, así que, cámara en mano, inmortalizamos a aquellos habituales habitantes de la zona.
Nuestra ruta entonces se internó entre pinares por caminos tradicionales de comunicación. La arena a veces casi desdibujaba el trazado, o quizás los restos de las cortas de madera, que en ocasiones disimulaban el propio camino en algún punto determinado. Sin embargo, conseguimos alcanzar la localidad de Navalilla y, por una encantadora bajada sobre arena, el valle del Duratón. Aquel era el sagrado río de San Frutos y de sus hermanos, el de las cuevas, conventos y ermitas, el de los meandros que hacían retorcerse al río entre paredes de rocas de forma inverosímil. Junto a San Miguel de Bernuy volvimos a dejar el Hilux y a pie ascendimos para ver el cauce alejarse hacia Fuentidueña y el embalse de las Vencías, donde íbamos a realizar nuestras actividades. El paisaje nos dejó asombrados, ya que entre el páramo y las fracturas creadas por el río había tal contraste de color que resultaba inquietante la perspectiva sobre el entorno, aparentemente fría y desolada la superior, entre rocas, taínas y restos de ermitas, fértil y llena de vida la inferior, tan bellas como diferentes una de otra.

Más allá descendimos hasta el cauce por debajo de Fuentidueña. La bajada nos ayudó a explicar el carácter sagrado del río en otros tiempos, el porqué de su eterna magia. Dicen que el paisaje desde la ermita de San Frutos es uno de los más bellos de la Península y quizás no podamos negar la afirmación, pero el Duratón, desde que nace mediante una cascada en Somosierra hasta su desembocadura, esconde rincones capaces de dejar impresionado al viajero, y no sólo los del entorno de la conocida ermita. Con el ánimo en plena armonía con el entorno comenzamos la primera de nuestras actividades, la piragua, así que lo que habían sido perspectivas amplias hasta entonces se convirtieron en un cerrado avance entre altas paredes de roca y sobre las aguas del río. Todo un placer para los sentidos, una gran manera de añadir un toque especial a nuestra aventura. Remamos durante una hora por el cañón y después volvimos a coger los coches porque era el momento de la tirolina y la escalada.

Camino al frente apareció, de forma inesperada, una gran muralla, arco incluido. Nuestro primer sentimiento fue de estupor, pues no entendíamos cómo pasaba desapercibido algo como aquello. Los restos de una bella fortaleza, los de una ermita, una necrópolis de sepulcros antropomorfos, una deliciosa iglesia románica, en fin, todo lo que caracterizaba una villa medieval, aparecía ante nosotros reafirmando nuestro desconocimiento sobre lugares ajenos a los circuitos turísticos clásicos. El patrimonio, la naturaleza del entorno, la historia de Fuentidueña nos encantaron; sentimos que el lugar nos superaba incluso cuando el actual dueño del antiguo convento franciscano nos permitió conocer la restauración realizada sobre los restos del cenobio. Fuentidueña nos dejó un gran sabor de boca, con más motivo porque en las paredes rocosas, bajo los muros de la fortaleza, aprendimos a escalar, porque allí mismo sentimos la inquietante sensación que produce colgarse sobre el vacío en una tirolina y porque nos iniciamos en la no menos atractiva actividad de la espeleología, ya que la cueva de La Cantera, a pie de la misma villa, nos facilitó la posibilidad.

Con pena dejamos Fuentidueña. Sin embargo, el Duratón seguía guiando nuestros pasos, así que continuamos recorrido. Ya que estábamos en la zona, volvimos a San Frutos, a asomarnos al inverosímil cañón, y después nos dirigimos hacia Sepúlveda, magnífico final para la aventura. Nuestra última actividad era, precisamente, descender hacia la villa en bicicleta de montaña, siguiendo el trazado de la antigua calzada romana que permitió desde siempre a los viajeros acercarse a la ciudad, fuera arévaca, romana -llamada Septempública-, visigoda, mora o castellana. Resultó todo un placer efectuar el descenso con el conjunto histórico como telón de fondo, a un lado, y el cañón del Duratón quebrando el paisaje con meandros imposibles.

Queremos dejar constancia de nuestro agradecimiento a Naturaltur, especialmente a José Tovar, y al amo del convento de Fuentidueña, por su colaboración y amabilidad.

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