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Patagonia Chilena. Carretera Austral


Los viajes a sitios poco frecuentados que incluyen en muchas ocasiones largas travesías en 4x4, son desplazamientos muy atractivos. Este año, después del once de Septiembre, las alternativas se habían reducido mucho, pero había una excursión que desde hacía tiempo nos tentaba: la carretera austral en la Patagonia.

La carretera de tierra empieza en Puerto Montt, a mitad de camino entre Santiago y el Sur de Chile. Teníamos que volar hasta allí, alquilar vehículos, reservar alojamiento a lo largo del camino y devolver el transporte en Punta Arenas. Normalmente lo más divertido de un viaje es planificarlo, pero en esta ocasión lo dejamos todo para el último momento. Con un grupo de diez personas y en temporada alta, como es el fin de año en el verano austral, la tarea no era fácil. Al final, y después de bastantes tanteos, nos pusimos en manos de la Agencia Nuba y nos relajamos.
Dos aviones y muchísimas horas más tarde estábamos en el aeropuerto de Puerto Montt. El resto del grupo siguió por avión hasta Chaitén. En Chile nos esperaban dos Chevrolet twin cab 4x4, una furgoneta de nueve plazas, dos KTM 640 y Cucho, nuestro guía de Latitud 90. Latitud 90 es una agencia a la que le encanta que le pongan a prueba llevando gente a subir el Aconcagua o a visitar pingüinos en la Antártida. El tiempo demostraría que Cucho fue un acierto y la furgoneta un error. Los pertrechos de los tres coches incluían jerri cans para las etapas en que la autonomía resultaba insuficiente y, sobre todo, tres enormes neveras repletas de provisiones y bebidas. Las motos eran meros parásitos.

Teníamos toda la tarde para seguir hasta Horno Pirén, a menos de doscientos kilómetros de carretera de ripio. A mitad de camino tomamos el primer transbordador, el sol, fotos y bocadillos y nos felicitamos por lo bien que iba todo. Al poco tiempo del desembarco empezó la aventura. Al final de un puente bastante largo, la gente del lugar había levantado una barricada de piedras y neumáticos, con lo que se empezó a formar una cola de coches impacientes. Nos explicaron que no les dejaban pescar y que la protesta podría durar horas o días. Para nosotros el problema era serio porque la única forma de unirnos al resto del grupo era en una barca especial que habíamos contratado para el día siguiente tempranísimo, y perderla podía significar el fracaso de un viaje muy ajustado de tiempos y sin alternativa de barca y alojamientos si perdíamos las reservas de hotel.
El río parecía relativamente importante. Preguntamos por donde sería más fácil de vadear y allí empezó la primera trialera, aunque por el sitio contrario al que nos recomendaron. Tuvimos mucho éxito con los espectadores, aunque no hizo falta snorkel.

Después de las emociones y las horas de vuelo previas, el hotel de la gasolinera de Puerto Pirén nos pareció maravilloso. En la madrugada del día siguiente, veinte kilómetros más tarde, nos hizo mucha ilusión ver que la barcaza había venido a nuestro encuentro y esperaba nuestra llegada. La travesía de cinco horas es memorable. Hay un matrimonio americano, los Tompkins, que entienden que el ecologismo no consiste en hacer manifestaciones de protesta. En cambio se han comprado unos terrenos que van desde el Pacífico a los Andes, "sólo" cuatrocientas mil hectáreas, con el único fin de que se queden como están. Es un paraíso.

Al llegar a tierra, y tras otros veinte kilómetros, conocimos al director del parque y su encantadora familia. Nos embarcamos con ellos en una especie de lancha de desembarco. La travesía fue de sólo una hora, pero estábamos más cerca del mar abierto, el viento era fortísimo y las olas nos pusieron perdidos.
En Caleta Gonzalo, la llegada, está el Parque Nacional de los Alerces, con árboles, en algunos casos, de dos mil años de edad. Vale la pena verlos.

Pero había que continuar hasta Chaitén, en cuyos alrededores hay asfalto, y seguir todavía hasta Puyuhuapi. Por el camino nos inflamos a ver paisajes preciosos con altísimos picos nevados. También nos llevamos los primeros sustos en forma de caballos que desde la vegetación saltaban inesperadamente frente a los coches. Nuestro hotel estaba en el medio de la nada y era el mejor del viaje. Allí nos esperaba el resto del grupo. Habían estado haciendo trekking y pescando en el fiordo. Nos reunimos con ellos en las termas de agua caliente al aire libre, y desde un lugar tan privilegiado como éste contemplamos la caída de la tarde sobre el fiordo y la nieve de las montañas que lo rodean.

La carretera que nos sacaba de allí es lo que llaman un camino de penetración. Es decir, una pista algo rudimentaria abierta en terreno virgen, para que se vaya creando asentamiento y se vaya poblando. En las disputas territoriales con Argentina, suele llevarse el gato al agua el que tiene habitantes. Hay un puerto de montaña y otro parque nacional antes de llegar al llano. Ese día se nos hizo muy largo. Después de Coyhaique, algunos nos confundimos, y menos mal que al llegar al puerto fronterizo con Argentina nos dimos cuenta y dimos la vuelta por algunos atajos regulares. La parte buena fue que más tarde coincidió que, al pasar por un pueblo había rodeo y baile, todo ello lleno de colorido, con música local y caballeros con traje tradicional, con el fondo de otro lago precioso. Cuando llegamos a las cabañas de La Pasarela, en el Lago General Carreras, llevábamos una buena paliza encima.

El sitio era estupendo para quedarnos una noche más, como finalmente hicimos. Un paraíso para los pescadores. Aprovechamos también para visitar un glaciar, recorrer unas estancias a caballo, buscar fósiles y comer al aire libre nuestro primer asado patagón en la estancia. El hotel estaba regentado por un matrimonio muy amable que servía el pisco sauer en jarra y hacía un estupendo civiche con la pesca que les llevabas.

A medida que avanzábamos hacia el sur de Chile, había cada vez más agua y menos tierra, con lo que la carretera pasaba temporalmente a la Argentina para volver a entrar en Chile más abajo. Desde la Pasarela, se llega a Argentina rodeando muchos kilómetros el lago, por la carretera más peligrosa del recorrido y se cruza la frontera en Chile Chico. En los controles no son demasiado lentos y son muy amables, aunque hay bastante papeleo.

Pronto tomamos la famosa y desértica carretera 40. Pernoctamos en la hacienda Telken, uno de los pocos sitios para dormir que la jalonan. El viejo matrimonio de propietarios nos había preparado bandera española en la entrada, otro asado patagón y uvas, a la española, para la media noche de fin de año.

Por ahí abajo hay zonas más desérticas que el Sáhara, gasolineras cada trescientos y pico kilómetros y puedes tardar horas en cruzarte con otro coche. Eso sí, se ven ñandús, guanacos y liebres patagónicas que son gigantes.

El Parque Nacional de Fitz Roy debe ser precioso, pero no vimos nada porque las nubes tapaban las montañas, y del pueblo de Chaltén lo más positivo que se puede decir es que no hay otro en muchos kilómetros a la redonda. Más adelante el Calafate rodeado de asfalto es otra cosa, con aeropuerto y lleno de tiendas para turistas que van a visitar el famoso Glaciar de Perito Moreno. Es tan grande, bonito y conocido que no diré nada al respecto.

Después del Glaciar se vuelve un rato a la Carretera 40 para luego desviarse y volver de nuevo a Chile por un paso pequeño y perdido en la sierra y con la señal arrancada en el cruce anterior. Allí nos despojaron los aduaneros de algunas de nuestras reservas, incluidos los quesos chilenos por si acaso a su paso por Argentina se habían contaminado. Nos dio bastante envidia pensar en la cena que se iban a organizar. Aún quedaban unas horas hasta nuestro destino en el Parque Nacional de las famosas Torres del Paine. Nuestro hotel estaba en una isla sólo accesible a través de una larga pasarela peatonal sobre el lago embravecido y con los Cuernos del Paine frente a los ventanales del comedor.

Fue un sitio perfecto para pasar un par de días, para hacer trekking y visitar el Lago Grey y su inolvidable cementerio de témpanos. El viento es fuerte e incesante.
Hay que deshacer camino para llegar a la ciudad marinera de Puerto Natales. Vale la pena desviarse a visitar la gigantesca cueva del mítico milodón, un enorme oso extinguido, cuya piel es protagonista en el clásico libro de Chatwin de viajes por la Patagonia. En Puerto Natales termina la carretera de ripio y empieza el asfalto.

Sobre el Estrecho de Magallanes está Punta Arenas, fin de trayecto. Han sido casi tres mil kilómetros, a veces agotadores, pero siempre por paisajes preciosos y cambiantes. El 4x4 es ideal para recorrerlos. Por el contrario la furgoneta nos retrasaba y fue rascando sus bajos por toda la Pampa.

Punta Arenas es la civilización, viejos palacetes, restaurantes, discotecas y un museo etnográfico a no perderse. Es también un buen sitio para celebrar el fin de viaje y recuperar todas las vivencias y momentos divertidos. No estuvo nada mal. ¡Ah!, y las pick up impecables. Ni un pinchazo.

Se me olvidaba: al tomar el avión en Santiago, estuvieron a punto de dejarme en tierra, porque en mi pasaporte figuraba que había importado un vehículo de Argentina y querían que lo volviera a sacar.

Texto y fotos: Carla Martínez Campos

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