Parte nuestro recorrido de la eterna ciudad de Medinaceli, desde el mismo arco romano que durante hace casi dos mil años ha visto pasar a tantos y tanto viajeros. En seguida la ruta entra en camino y se dirige al despoblado de Corvesín y, más allá, a la vega del Jalón. Es el citado río el que marca la pauta de nuestro viaje durante unos kilómetros, para saborear la belleza de su hoz y de sus pueblos, de Lodares, Jubera, Somaén, así como de Arcos de Jalón. Aguilar de Montuenga y la misma Montuenga elevan el itinerario a zonas altas ofreciendo curiosas perspectivas de la vega, de los conjuntos urbanos, incluso del castillo de la segunda. Y muy pronto la ruta nos lleva al final de las tierras sorianas y castellanas en Santa María de Huerta, un lugar de encuentro de arte e historia volcado sobre un magnífico monasterio cisterciense.
Tierras de Aragón
Recupera nuestra ruta los versos del Poema del Cid, ya que se dirige aguas abajo del Jalón, tal y como hizo el Campeador; como él entra en tierras aragonesas, y lo hace para alcanzar los restos de la ciudad celtíbero-romana de Arcóbriga, punto de paso de las calzadas romanas 24 y 25 del Itinerario de Antonino, que unían Cesaraugusta (Zaragoza) y Emérita Augusta (Mérida). Quizás el Cid tomó este camino milenario y, rodeando la Monreal de Ariza actual, como nosotros, se encaminó a Ariza y a Cetina: “Entre Cetina y Ariza nuestro Cid se fue a albergar”.
Siguen nuestros pasos los indicadores del Camino del Cid entre Ariza, Cetina y Alhama de Aragón; la vega del Jalón vuelve a ser protagonista de este tramo, con sus contrastes de color, de vegetación, de montes y riscos. Alhama aparece ante el viajero entre rocas cerrando la vega por la que circula el camino, aunque al pasar esta histórica ciudad de baños -como indica su propio nombre árabe- nuestro recorrido ha de abandonar los hitos cidianos y ascender para sospechar las andanzas del Campeador: “Con su gente pasó Alhama / y por la Hoz abajo va. / Pasó también Bubierca / y Ateca, que es más allá, / y a la vista de Alcocer / el Cid ordena acampar / en un otero redondo, / un fuerte y grande lugar. / Cerca el río Jalón corre; / de agua no le privarán. / Nuestro Cid Rodrigo Díaz / Alcocer piensa ganar.”
Dada la imposibilidad de seguir la vega del Jalón, que se cierra y pierde el camino, la ruta busca una bella pista de subida que se asoma a Bubierca y ofrece impresionantes horizontes sobre la agreste zona. Después vuelve a descender para alcanzar Castejón de las Armas, junto a la que el Jalón recibe el aporte de las aguas del río Piedra. Mucho antes de llegar, el viajero puede contemplar el bello caserío de Castejón, que se recoge entre montes. Luego, un fuerte descenso le permite atravesar la población y llegar a la mudéjar Ateca, un conjunto histórico-artístico de gran sabor en su barrio morisco. Sus torres recuerdan las épocas del Cid cuando aún los muslimes ocupaban la zona, o bien cuando dejaron su herencia en aquellos artistas de escuela y gustos orientales y éstos, a su vez, hicieron evolucionar el mudéjar que caracteriza a muchas de las torres e iglesias de las poblaciones que sigue el Camino del Cid, como la de Ariza, la de Terrer o la de Calatayud, impregnándolo con su propio sello.
Alcocer y la Torre del Cid
Nuestro camino busca, tras pasar Ariza, uno de los puntos cidianos emblemáticos de la ruta: Alcocer. Aunque existen algunas disidencias sobre la ubicación de este despoblado, las últimas campañas de excavación han permitido creer que el lugar hoy señalizado como Alcocer fue tal y que el Cid tuvo una de las mayores victorias del Poema en el lugar. Lo cierto es que la subida a Alcocer hace que el recorrido se asome a parajes muy bellos, de atractivas formaciones rojas y no menos asombrosos nombres, como Las Cárcamas y El Encanto de la Mora. Según el poema, el Campeador tomó Alcocer tras haber acampado en un otero perfectamente visible desde la altura de la antigua población, el que se supone que hoy se llama Torre del Cid y que se encuentra al otro lado del río. El viajero puede asomarse al Jalón desde Alcocer, divisar el otero e imaginar la sangrienta batalla que tuvo lugar en la vega.
Con el alma llena de imágenes de la terrible lucha, nuestro recorrido busca su final pasando por Terrer y alcanzando Calatayud. El llamado Castillo del Ayub saluda desde su privilegiada posición al visitante, como una promesa de las muchas cosas interesantes que atesora la ciudad, empezando por su historia, que se remonta al núcleo celtíbero-romano de Bílbilis, patria del poeta Marcial, cuyo emplazamiento fue abandonado cuando los moros conquistaron la zona a los visigodos y construyeron la nueva ciudad en el lugar que ocupa hoy. Aunque fuera del itinerario, recomendamos un paseo por el yacimiento arqueológico de Bílbilis, cuyas excavaciones han permitido suponer algo de la grandiosidad de aquélla que Marcial llegó a calificar como “pequeña Roma”.
Por Esther de Aragón Sandoval