Técnicamente apenas difería de los modelos de serie, aunque estéticamente había recibido notables modificaciones en la carrocería, con una nueva resolución de las aletas, con trazos rectos y simplificados, que años más tarde daría lugar a una versión civil: el “Ligero”, que probablemente es uno de los modelos más atractivos del fabricante de Linares, aunque esto ya forma parte de otra historia.En 1972 una nueva normativa de tráfico obligó a los Santana a modificar la posición de los faros, que pasaron de la parrilla central a las aletas, obligando también a alterar el diseño de la parte delantera del modelo militar. Precisamente una de estas unidades, de la segunda generación del Santana militar, pero fabricada a finales de los 70, y por tanto con las especificaciones técnicas de la Serie III, es la que hemos probado en esta ocasión. Como ya hemos contado otras veces, la evolución técnica de los Land Rover españoles fue lenta, pero constante. Este modelo cuenta con un esquema de mecánica puramente clásico. La reducida carrocería abierta se atornilla a un robusto chasis de largueros y travesaños, mientras que la suspensión recurre a ejes rígidos sustentados por ballestas, y los frenos son de tambor en las cuatro ruedas. El motor es el conocido diesel de la firma, con 2,3 litros de cilindrada, en este caso ya en una de sus últimas versiones con el cigüeñal de cinco apoyos, mientras que el cambio es de cuatro relaciones más marcha atrás, y cuenta con dos palancas independientes para introducir la tracción total y la reductora. Frente a los modelos civiles encontramos pocas diferencias, salvo los faros de guerra en la parte delantera y trasera, y algunos mandos diferentes en el salpicadero. El propietario de esta unidad, nuestro buen amigo Javier de Mazarrasa, tiene totalmente documentada la historia del vehículo. Su primer destino, tras salir de la fábrica a finales de los 70, fue como vehículo de mando del Grupo de Artillería de Campaña Autopropulsado nº 12, perteneciente a la Brigada Acorazada Brunete, cuyo escudo aún luce en las puertas. Cuando a principios de los 90 llegaron al ejército los primeros y polémicos Nissan Patrol, el vehículo fue transferido a la Escuela de Logística del Ejército de Tierra, donde se le instaló un segundo equipo de pedales, ya que su función a partir de aquel momento fue la de vehículo de autoescuela. Permaneció así hasta el año 2001, año en que fue dado de baja y subastado, hasta que lo adquirió su actual propietario, y tras casi un año de complejo papeleo para asignarle su actual matrícula histórica y unas pequeñas reparaciones, pudo empezar a utilizarlo habitualmente. De hecho, ya ha asistido con él a numerosos encuentros y rutas de vehículos militares y Land Rover clásicos, donde “Artillero” se ha convertido en un asiduo entrañable. |