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Etapa 2 - Raid Koleos


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Ruta de la Seda (548 Kb)
Rusia Oriental. El Transiberiano

Los 720 km hasta Khabarovsk se hacen lentos, pero finalmente llegamos después de que la policía local nos obligue a realizar múltiples paradas. Y aunque las temperaturas caen muy por debajo de las cifras a las que estamos acostumbrados, sabemos que es sólo el principio y que la auténtica
pista comienza aquí.

Textos: Megan Unmee Son. Fotos: Laurent Granier

El camino hacia Khabarovsk, pavimentado con asfalto, está plagado de policías con sus monos de poliéster de color azul que se dirigen a los conductores haciendo señales con su pequeña batuta roja. No tardamos en ver la primera indicación que nos hace parar. Esperamos durante unos minutos hasta que uno de los amables policías fija su mirada acerada sobre nosotros, y nos dirige una larga parrafada en ruso como si le entendiéramos. “¡Russki nyet! “, decimos con una sonrisa de disculpa. Pero ellos siguen con su monólogo hasta que finalmente nos permiten continuar. Esta situación se repite más de diez veces.
Después de conocer Vladivostok, Khabarovsk nos sorprende por las tres colinas que dominan el paisaje sobre el río Amour, a sólo 25 km de China, y especialmente por sus amplias avenidas y sus majestuosas iglesias ortodoxas. Fundada en 1858 por el Conde Nikolai Mouraviov, gobernador de Siberia occidental, la ciudad fue ocupada por los japoneses durante la guerra civil, y a lo largo de la década de 1920, antes de la caer en manos de los bolcheviques. Los nipones, sin embargo, siguen dejándose ver, aunque ahora en calidad de turistas, ya que representan más del 80% de los extranjeros que visitan la ciudad.
Conduciendo sobre los amplios bulevares descubrimos esculturas de hielo, televisiones con pantalla de plasma en majestuosos edificios, mujeres que se protegen del frío con enormes abrigos de piel y hombres que cubren sus cabezas con los típicos y peludos shapka ushanka. Examinamos por última vez las doradas cúpulas de la Iglesia de la Transfiguración y la iglesia Ouspeniia Bojei Materi, y cruzamos al oeste del río Amour. El “verdadero” transiberiano nos espera…

Fuera del alcance

El Extremo Oriente no es fácil. Las largas distancias entre ciudades, las limitadas conexiones de Internet y de telefonía en general, generan importantes problemas de comunicación a los que, en nuestro caso, se suma la dificultad para la retirada de efectivo, ya que los cajeros automáticos escasean y cuando encontramos alguno no siempre acepta tarjetas extranjeras. Además, los gastos son altos. También tenemos problemas para encontrar lugares donde dormir y no siempre nos reciben con los brazos abiertos. En Belogorsk, una fea ciudad de bloques de cemento, apartamentos y calles mugrientas, los extranjeros pagamos el doble por un pequeño cuarto con servicios comunales y sin ducha. En Shimanovsk terminamos durmiendo en habitaciones alquiladas fuera de la estación de tren.
Comenzamos a estar hasta el cuello. Como un amable señor nos dice mientras esperamos más de dos horas para registrarnos en la única posada de Belogorsk: “¡En Rusia sólo sobreviven los héroes!”
A medida que el camino se adentra en “tierra de nadie”, el número de policías se va reduciendo paulatinamente. Conducimos a través de un terreno solitario que sube y baja entre suaves colinas cubiertas de pinos y alerces. Nuestras únicas compañeras de ruta son algunas caravanas que han sido usadas por vehículos de origen japonés o coreano, y que posteriormente han sido expulsados de Vladivostok a Novosibirsk, donde se han vendido. Los Honda, Kia y Mitsubishi se mueven como pequeños paquetes, con sus defensas encintadas y cubiertas, y protegidos de las piedras que puedan saltar en la vía utilizando escudos de cartón. Nos divierte su prudencia; el asfalto es intermitente, y el camino de tierra se convierte en una amplia pista de aspecto poco amenazador. O eso creemos... Después de la explosión de nuestro neumático trasero en el camino de grava, de la huella de un pequeño impacto en el parabrisas y de ver como una piedra rebotada resquebraja el filtro de nuestra cámara como si fuera un torpedo de la carretera, empezamos a reirnos menos…
Pese a todo, empezamos a sentir y disfrutar el camino, y el Koleos, al igual que nosotros, encuentra su ritmo. Utilizamos algunos desvíos para viajar por pequeños pueblos donde se dejan ver isbas (viviendas rurales de madera) cuyos vivos colores destacan en el paisaje nevado y banias (típicas casa de baño rusas) que invitan al viajero cansado.
De vuelta a la ruta principal, compartimos historias con otros conductores en las cafeterías de carretera, donde no dejan pasar algunos tragos de vodka, y, donde finalmente comenzamos a experimentar la hospitalidad del Lejano Oriente.

Auténticos héroes

Una vez comienzas a tomar vodka con los rusos, la noche se prolonga y estás obligado a terminar tarde. Al despertarnos una mañana a las 8:30 AM, descubrimos que nuestros amigos de la noche anterior ya se han marchado; son auténticos héroes. En cualquier caso, para gente como nosotros haremos una pequeña recomendación: aunque alguien insista mucho, conviene rechazar el vozka…
A partir de aquí los servicios son mínimos. No es posible encontrar un neumático para sustituir al que ha quedado inservible y como último recurso decidimos llenarlo con un tubo por si surge alguna emergencia. No hay que tomarse a broma la posibilidad de disponer de repuestos en este camino. Cuando paramos para el almuerzo en un café, vemos a un tipo que cambia sus neumáticos y que lleva ¡5 piezas de recambio! Los conductores conocen el camino como el patio trasero de su casa, ya que hacen el viaje hasta seis veces al año, desplazándose durante cinco días en tren para alcanzar Vladivostok. Dos largas semanas en su vehículo les llevan hasta Novosibirsk. Se trata de un trabajo solitario que les obliga a estar lejos de sus familias, circunstancia que se ve compensada, al menos económicamente, con unos ingresos por encima de la media.
La jornada es larga y sólo el paso por algunos pueblos rompe la monotonía del paisaje de bosque ralo. Cae la noche y apenas se ven señales de vida. Mogocha es el pueblo más cercano, a unos 100 kilómetros de distancia, y el tiempo de conducción amenaza prolongarse. Ya cerca de la ciudad, el camino torna su firme en otro de impecable asfalto: a un lado de la carretera vemos una comisaría que parece construida en medio de la nada, y aunque no hay policía, percibimos a lo lejos el rumor de los motores de algunos coches. Nos disponemos a pedir información a un conductor, y para nuestra sorpresa comprobanos que es una mujer. Y hablamos de “sorpresa” porque hasta ahora no habíamos visto ninguna mujer al volante por aquí. Ella nos advierte: “Nadie se queda en Mogocha. Es demasiado peligroso y hay mucho narcotráfico. Por eso construyeron la comisaría en este lugar, aunque todavía no esté funcionando. He oído historias desa-gradables referentes a esta ciudad durante más de diez años y les aconsejo que pasen de largo”. Y lo hacemos, porque creemos que tiene razón. Vemos el rojo de las luces traseras de decenas de coches que van por delante, y las amarillas de los que nos preceden y siguen pasando aunque ya sea tarde. Al menos no estaremos solos –pensamos- y decidimos concluir la jornada, pero la ley de Murphy entra en juego al situarnos en el peor tramo que hubiéramos podido encontrar. Nos arrastramos durante horas como caracoles que se aglomeran en una caravana cada vez más estrecha hasta que, por fin, vemos las luces. Hay cantidad de vehículos aparcados ante un café y somos conscientes de que hemos llegado, sanos y salvos. Parece que ha pasado lo peor…
El próximo mes, en las páginas de Auto Aventura 4x4, os relataremos nuestro recorrido con el Koleos hacia los templos del sur de Siberia y la estepa de Mongolia…

A bordo del Koleos:

En el mítico trazado de la Transiberiana, el paisaje se refleja sobre las limpias líneas del Koleos, que avanza suavemente cuando las condiciones de la carretera así lo exigen, y de forma más agresiva cuando la pista de grava lo permite. Dentro, todo es comodidad y predomina una sensación de calma y seguridad. Independientemente de la definición de itinerarios o de escribir textos en el asiento de atrás, el viaje es impecable y el Koleos demuestra su poderío en polvorientas carreteras y caminos nevados. El acceso a los suministros y el equipo es fácil. Tampoco decepcionan las zonas frontal y trasera, ya sea “arando” a través de una profunda capa de nieve que nos llega a las rodillas, o conduciendo sobre hielo sin dejar de mantener un control constante, e incluso sin vacilar en el momento del arranque cuando durante la noche la temperatura baja a-30C… El Koleos, hasta el momento, es generoso con nosotros.

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