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Viernes, 22 de septiembre 2017
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Etapa 9. Canadá - Alaska

En ruta hacia el Gran Norte


La costa suroeste de Canadá y la espectacularidad de las islas montañosas de la bahía de Vancouver han quedado atrás. El nuevo reto para Laurent y Philippe se presenta ahora como un recorrido de más de 3.000 km hacia el norte que les lleva hasta Yukon, en la frontera con Alaska. Texto y Fotos: Laurent Granier y Philippe Lansac.

Dejamos la costa del Pacífico y retomamos la ruta hacia el norte. Atrás queda la cálida humedad de la costa oeste aquí bautizada como la “Wet coast” (la costa húmeda), y en consecuencia los fiordos, los archipiélagos, las ballenas y los leones de mar. A partir de ahora debemos atravesar la “Coast Range” (la cadena costera) y superar zonas de 2.500 metros de altitud en medio de inmensos bosques de pinos y ventisqueros de nieve. La temperatura, que cae terriblemente, baja de cero grados durante la noche, y el hecho de disfrutar de la naturaleza resulta ahora menos confortable. Las borrascas, acompañadas por un fuerte viento y chaparrones de nieve (aún frecuentes en esta estación), nos obligan a asegurar bien la tienda.

Un desierto en Canadá

Pero las sorpresas climáticas no cesan, y pasados otros 200 kilómetros nos enfrentamos a un nuevo choque térmico: el calor seco del único desierto de Canadá, El Valle de Okanagan, ¡Treinta grados al sol desde principios del mes de mayo!, un verdadero desierto con cañones, cactus y matorrales espinosos.
Esta región desconocida de Canadá corresponde, en realidad, a la prolongación del estadounidense desierto de Nevada. Se trata de una zona atrapada entre la Cadena Costera -al oeste- y las Rocosas -al este- ambas con cimas de más de 4.000 metros de altitud y que frenan el paso de las nubes. Casi nunca llueve en el Valle de Okanagan, pero desde hace unos cincuenta años, gracias a la irrigación, se ha convertido en un auténtico jardín del Edén donde se suceden los huertos poblados de manzanos, perales, cerezos y hasta durazneros, que durante la primavera transforman las colinas en un inmenso tapiz de flores. Y quien dice suelo rocoso, sol y costa, dice uvas, viñedos y vino; se ha abierto una verdadera ruta de este oro líquido en sus matices tinto, blanco y rosado. En apenas quince años, el número de viñedos ha pasado de diez a ochenta. La consecuencia es que vinateros del mundo entero: alemanes, holandeses, italianos, americanos y hasta franceses, vienen a probar suerte, y términos míticos como Chardonnay, Gamay, Merlot, Riesling... resuenan ahora en todas las bocas. Además, empieza a ser habitual el hecho de ver caldos premiados y con precios que asustan. Los cow-boys franceses FONT size=1>Después del Valle de Okanagan continuamos hacia el norte. El paisaje deviene cada vez más montañoso sin perder, por ello, su aridez (colinas peladas, pequeñas zonas de bosque y, cómo no, en la radio siempre música country). Repentinamente, al borde de la ruta, un cartel reclama nuestra atención: “Welcome to Guichon Ranch”. Entramos a echar un vistazo, y en medio del camino, con el fondo de unos grandes graneros de madera pintados en verde, contemplamos una estampa tan típica y ya mundialmente reconocible como la que suponen dos cow-boys encaramados a sus bestias con sus sombreros, pañuelos, pantalones de cuero sobre los jeans, botas, espuelas y, en medio, la patrona: Judith Guichon. “Guichon”, ¡El nombre no puede ser más francés! La patrona nos relata un poco las vicisitudes de la saga familiar: “Es la historia de dos hermanos que hacia 1850 partieron de Chambery dispuestos a hacer fortuna sumándose a la aventura de la ruta del oro en la costa oeste de Canadá. Más tarde, desengañados por su infructuosa búsqueda, montaron un negocio de transporte a caballo para los mineros. Poco a poco se fueron enriquecido, compraron tierras, y Joseph Guichon, mi bisabuelo, construyó un gran rancho. En aquella época más de 40 personas trabajaban y vivían en él con una autonomía absoluta... Este lugar está lejos de cualquier parte y se necesitaban más de 4 días a caballo para ir a Vancouver, por ello era necesario que hubiera de todo: huerto, corrales, herrero, cordonero para las monturas... Pero... ¡Vengan con nosotros si gustan! Justo ahora íbamos a buscar el ganado ¡Suban a un caballo y sígannos! Sin tiempo para pensarlo nos encontramos montados a caballo en este inmenso rancho (debe tener unos 100 km2) y ayudando a reunir vacas durante toda la tarde. Nosotros, como casi todo el mundo, de pequeños soñamos con ser cow-boys alguna vez. Al menos momentáneamente nuestro sueño se convierte en realidad...

Barrera de rocas

Nunca hubiéramos supuesto, antes de llegar a Canadá, la diversidad climática de este inmenso país. Después de la dulce humedad de la Isla de Vancouver, y el calor seco del Valle de Okanagan (único desierto de Canadá), nos disponemos a afrontar la nieve de las Rocosas. Este año el invierno ha sido particularmente tardío, con nevadas hasta finales de mayo. La inmensa cadena de montañas que separan Columbia Británica de Alberta está todavía cubierta por un gigantesco manto blanco. A medida que avanzamos, y sin apenas solución de continuidad, vamos cambiando de estación; ahora toca sacar las chaquetas, los gorros y los guantes. Pero los majestuosos paisajes, una auténtica delicia para los ojos y, por supuesto, para los objetivos de nuestras cámaras, nos hacen olvidar el viento y el frío. Los parques nacionales de Banff y Jasper son mundialmente conocidos por ofrecer los más bellos panoramas de montaña de Canadá; los inmensos bosques de pinos se acoplan al relieve como un colosal tapiz verde, y a lo lejos, el blanco fosforescente de las cumbres nevadas busca robar protagonismo al intenso azul del cielo. Frente a nosotros se despliega una vorágine de picos, agujas y glaciares que a modo de barrera copan el horizonte. ¡Las montañas más bellas del mundo...! como se jactan de decir aquí. Y aunque los habitantes de Chamonix dirán lo mismo de los Alpes y los de Katmandú del Himalaya, es cierto que las Rocosas emanan una majestuosidad increíble, probablemente por su excelente estado de conservación, sin apenas asentamientos humanos, y sobre todo por la existencia de grandes valles que permiten disfrutar plenamente de los picos con el espacio necesario para apreciar su magnitud. La extraordinaria estructura de la cadena montañosa nos obliga a hacer un esfuerzo para imaginar la amplitud del cataclismo en el momento de su formación: un magma de rocas despedazadas, un plegamiento tectónico de una violencia extrema... Los paisajes tienen una fuerza increíble, como jamás habíamos visto. De golpe uno se siento pequeño, minúsculo. La naturaleza, como un póster de dimensiones desproporcionadas, se muestra ante nosotros con el orgullo condescendiente del que permite que un testigo insignificante quede absorto ante la magnitud de sus tesoros. Un verdadero paraíso para nuestro 4x4 que se entrega de corazón sobre los caminos de las Rocosas.

Donde el día no termina nunca

Seguimos las Rocosas durante más de 1.000 km hasta llegar a Dawson Creek, la milla 0 de la famosa autopista de Alaska. Una ruta única construida por los americanos durante la II Guerra Mundial para llegar a Yukon, en la frontera con Alaska. En este territorio autónomo la densidad de población alcanza un récord negativo: con una extensión semejante a la de Francia, apenas lo habitan 30.000 personas. Además el 85% de ellas vive en White Horse, la capital. Aquí se dice siempre que hay más osos que seres humanos; osos negros, marrones o grisáceos, que hacen de estos interminables bosques su dominio. Debemos, por lo tanto, adoptar las costumbres locales para no encontrarnos con sorpresas: la tienda lo más lejos posible de la comida y esta última colgada de los árboles, ya que el olfato de estos plantígrados es extremadamente sensible, un mínimo de alimento tirado por ahí es suficiente para atraerlos. Por ende, no se puede jugar con fuego ni plantar la tienda en medio de su camino.
Continuamos siempre hacia el norte y sentimos cada vez más nuestra proximidad al polo. Pese que el verano ya comienza la mayoría de los lagos están todavía congelados. Sin embargo, lo que más nos sorprende es la luz del día. En esta época del año, próxima al solsticio de verano, el sol no desaparece jamás y la jornada apenas termina para recomenzar de nuevo, lo que no deja de ser una suerte para disfrutar al máximo de los increíbles paisajes y, sobre todo, ¡¡Para ver venir a los osos!!
Restan más de 1.000 km para alcanzar la frontera con Alaska y todavía nos esperan muchas sorpresas. Pero eso ya es algo que os contaremos en el próximo número de Auto Aventura 4x4.

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