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El Parque Natural del Saja, Las Loras y Valderredible


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Un año más Toyota celebró su Aventura 4x4, un evento dirigido a los medios de comunicación de todo el país. Si la marca japonesa había conseguido dar cada año un toque diferente a este encuentro, la presente edición no iba a ser menos, puesto que, uniéndose a las tendencias actuales, el recorrido propuesto para ambos días de Aventura 4x4 tuvo una fuerte carga medioambiental. Esther de Aragón Balboa-Sandoval

Lo cierto es que el primer día de ruta impresionó a todos los asistentes, pues fue todo un privilegio atravesar las tierras del Parque Natural de Saja-Besaya, a-compañados de un guarda de la zona que, además de pormenorizar las singularidades del espacio protegido, nos informó de todo lo que su trabajo significaba, en especial lo que tenía que ver con el seguimiento de los osos que quedaban en la zona. El ascenso desde Bárcena Mayor hasta el Puerto de Palombera nos sorprendió desde muy temprano, pues el hayedo de Culamiña mostraba toda la magia de estos bosques, sus medias luces, su sotobosque lleno de vida; en la subida no fue difícil contemplar magníficos ejemplares de haya y de tejo, incluso catalogados. Pero la jornada deparaba muchas más sorpresas, como el Pozo de la Arbencia, por el que se despeñaban dos arroyos en sendas cascadas antes de unir sus aguas, el abedular, nada más entrar en pista hacia los Puertos de Sejos, las brañas, en las que pastaban vacas Tudanca y recios caballos.

Entre hayas, abedules y praderías, los vehículos, que se dividieron en pequeños grupos de 5 coches para evitar ningún daño medioambiental, fueron poco a poco llegando a los Puertos de Sejos. Allí arriba, donde la naturaleza se mostraba tan grandiosa, todos nos rendimos ante su belleza; Las Cuentas del Diablo, donde habitaban seres mitológicos cántabros, la Canal del Infierno, las cimas de la Sierra del Cordel, la fisonomía glaciar del espacio, el naciente río Saja, incluso los menhires que habían salvado el tiempo para hablarnos de otra civilización y otros habitantes… todo lo que alcanzó nuestra vista nos dejó admirados. No sólo comprendimos el porqué de la declaración de Reserva de la Biosfera, sino que casi nos pareció posible que apareciera de repente un hada buena, una Anjana, para alertarnos de la cercana presencia de aquellos gigantes malvados conocidos como Ojáncano y Ojáncana.

El día llegaba a su fin y con él la primera de las rutas previstas. El tramo final de carretera nos llevó a Aguilar de Campoo y, enseguida, a Santa María de Mave, en cuya hospedería, habilitada sobre un antiguo monasterio románico, estaba previsto pasar la noche. El nuevo día deparaba tal cantidad de cosas bellas que desde muy temprano estuvimos pendientes de la salida. Como si de una profecía se tratara, nada más comenzar nos enfrentamos a las altas paredes del Cañón de la Horadada, labrado por el Pisuerga, y a las numerosas oquedades que, según supimos, habían aportado restos de ocupación desde épocas prehistóricas hasta la Edad Media. Sobre el cañón, Las Tuerces, una meseta por la que paseamos brevemente para admirar una pequeña parte del extraño mundo pétreo que escondía; deambulamos entre tormos de curiosas formas, pasillos, puentes naturales, túneles, voladizos, cuevas y pequeños mares de roca fracturada, sintiendo la terrible soledad del lugar y la grandiosidad de los tormos, que seguían desafiando la erosión a pesar de los más de cien millones de años. Al borde de la meseta el inmenso paisaje se alejaba hasta las mismas cumbres de la Cordillera Cantábrica.

Continuamos nuestra ruta hacia el Valle de Valdelucio, ya en tierras burgalesas, y hacia los altos páramos, llamados loras, de Valdivia o burgalesa dependiendo de la paternidad de la provincia. Volvimos a entrar en tierras palentinas y, tras cruzar el suave relieve del páramo en la zona de Pomar de Valdivia, nos asomamos al cántabro Valle de Valderredible. La belleza del espacio no dejó atónitos, pues veíamos el alto páramo desafiando con sus rocas en vertical el espacio, las masas de hayas y robles que la cara norte favorecía y el valle extendiéndose en logitudinal lleno de tonos, de cromatismo. Descendimos, paramos un rato en la pequeña localidad de Villamoñico y continuamos el recorrido ascendiendo a la Lora de Valdivia. Arriba, en pleno páramo, fuimos capaces de sentir la diversidad natural mejor que en ninguna parte; una pista nos llevó a través de una llanura de inquietante y extraña belleza, sin fin aparente, a lo largo de la cual pudimos ver las dolinas bajo las cuales el agua filtrada había ido erosionando la roca caliza hasta conseguir los pequeños hundimientos. Todo lo que alcanzaba nuestra vista hablaba de una fuerte erosión, aunque apenas podíamos sospechar el laberíntico complejo de túneles, galerías, cuevas y surgencias, que escondían las entrañas de las loras y cuya mejor expresión estaba en la Cueva de los Franceses, con sus cientos de metros de estalagmitas, que pudimos ver, y en Covalagua, causa del nacimiento del río Ivia. Tras unos cuantos kilómetros de páramo volvimos a asomarnos a Valderredible; resultaba, quizás, muy sencillo dejarse llevar entonces por la belleza cromática del valle, pero las dolinas y poljes, los cortados de roca, las cuevas de páramo, las espectaculares formaciones de piedra, el nacimiento de los ríos desde las altas paredes calizas, los cañones, los pequeños rincones fértiles y la sensación de inmensidad que teníamos desde el páramo, sin percibir dónde estaba el límite, nos ayudaron a valorar en mayor medida el medio natural de las loras y a forzar el contraste entre la zona alta y los valles profundos del perímetro del páramo.

El descenso nos mostró la deliciosa colegiata románica de San Martín de Elines, que una acertada restauración había hecho que siguiera elevándose eterna sobre el valle de la ribera de Ebro -Valderredible-, tal y como había hecho desde que pasaba el primitivo Camino de Santiago por la zona. Después de cruzar el valle y ascender los montes de la cara opuesta, tuvimos la oportunidad de asomarnos a los bellos paisajes del embalse del Ebro y de llegar a Reinosa, muy cerca de la cual, en un complejo rural de Riaño, nos esperaba el final de la ruta y una buena comida. La Aventura 4x4 de Toyota del 2007 nos dejó un buen sabor de boca y nos ayudó, quizás, a entender un poco más la diferente expresión de la naturaleza, así como la necesidad de seguir preservando los entornos medioambientales y de apoyar a todos aquellos que, a pesar de las dificultades, habitan y mantienen vivo el medio rural.

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