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Viernes, 20 de octubre 2017
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Corona del Inca y volcán Bonete


Corona del Inca y el Volcán Bonete fueron el epicentro de un proyecto que pretendía marcar tres récord Guinness: el de buceo en altura, la navegación y la ascensión en 4x4 más alta del mundo. Gustavo M. Hartingh “el Colo” 4x4 Café - Argentina. La Reserva Provincial Laguna Brava y un antiguo camino de arreo de ganado a Chile sirvieron como fondo a esta espectacular travesía sólo apta para aventureros y amantes del 4x4. El alma mater de Incacrown Fase-2, y uno de sus organizadores, era el especialista en 4x4 Gustavo M. Hartingh.

La introducción

Llegar después de un duro enlace de casi 1500 kilómetros desde la riojana localidad de Vinchina me provocaba esa particular sensación de flotar producto de la sobre-estimulación acumulada después de una noche conduciendo. Estaba demasiado excitado para dormir, y como el piloto de un avión que pide “pista” me preparé un café y reflexioné, tal vez con la inconsciente voluntad de prolongar al menos unos minutos más esa espiritual y fantástica convivencia con la montaña y esos desafíos que me había tocado vivir en la última semana. Afortunado el que tiene la suerte de plantearse un desafío y poder materializarlo, daba cuenta con el propio ejemplo que los retos y los proyectos son el combustible que hace que uno siga sintiéndose vivo. Al mismo tiempo me alegraba pensar que aún en nuestra alicaída economía, una persona sin recursos materiales propios suficientes puede interesar con sus proyectos a empresas como Toyota, Gillette, Petrobras y La Nación para que faciliten los vehículos, dinero, combustible y la difusión necesarias para cumplir un sueño que en última instancia, sólo precisa de una voluntad férrea para su materialización. Me preguntaba a su vez si realmente existe el “espíritu 4x4”: la respuesta afirmativa no tardó en llegar; la experiencia de querer subir lo más alto posible en un enorme cerro como el Bonete (6.759 msnm –metros sobre el nivel del mar-), puso a prueba esos fuertes lazos de camaradería que se demostraban con cada adversidad del trazado y que se tradujeron en las incondicionales muestras de apoyo mutuo entre los miembros del equipo.

Los preparativos

El permanente revoloteo del cámara sobre el atareado grupo, no hacía más que recordarnos que ésta no sería una expedición más. La cuidada planificación logística para más de una docena de integrantes y una semana de permanencia en un lugar tan remoto de la cordillera que ni siquiera figura en los mapas, junto a la complejidad de los desafíos propuestos y el importante apoyo material de algunas empresas, causaban el efecto justo para que cada uno de los integrantes sintiera que lo suyo era una aventura cristalizada en documental de la Discovery Channel.
Las cajas de dos de las pick ups apenas alcanzaron para transportar el voluminoso equipo de buceo y la cámara hiperbárica que el médico de la expedición había previsto como imprescindible elemento de seguridad para la arriesgada inmersión de altura.
Los integrantes del “grupo 4x4” seguían más interesados en tratar de distinguir los indispensables tubos de oxígeno medicinal entre los numerosos tanques de aire comprimido, que en la preparación misma de los vehículos, ya que todas las Hilux-turbo eran km 0. Así las cosas, la rutinaria inspección de fluidos y mecánica se tornaba en redundante ya de por sí.
Un capítulo aparte mereció la estiba de alimentos en un multicolor número de contenedores plásticos, dispuestos y rotulados según el programa de días/menú que había sido cuidadosamente planificado de antemano y que presumíamos evitaría descargas innecesarias de nuestro “vehículo-almacén”. Los 600 litros en bidones para combustible competían por el espacio con un sinfín de packs de agua mineral previstos para tan larga permanencia alejados de toda posibilidad de reabastecimiento.
Colocados los últimos adhesivos, la caravana de cinco vehículos partió cerca de las 4.00 AM. en dirección a la riojana localidad de Vinchina, a una distancia de 1500 km de la Capital Federal.

Turismo y aclimatación

Una confortable noche de hotel borró casi como por arte magia las 17 horas de conducción del día anterior. La presentación del programa a las autoridades de Gendarmería y Policía de Vinchina agregó la dosis justa de tranquilidad exactamente al mismo tiempo que nuestro teléfono por satélite pasaba a formar parte de sus agendas.
El encuentro con Hernán, el geólogo enviado especialmente por la Dirección de Minería de La Rioja, sería inestimable para revelarnos los secretos de la multicolor paleta de la Reserva Provincial Laguna Brava. Aportó, además, valiosas cartas topográficas en escala adecuada y muy propias a su área de trabajo. El Toyota SW4 del organismo se sumó así como sexto vehículo de la caravana.
El Balcón de Vinchina y las Estrellas Diaguitas fueron paradas obligadas antes de entrar en la Quebrada del río La Troya. Los misterios de la pirámide y la búsqueda de las huellas fósiles se convirtieron en la principal diversión matinal. Un rápido almuerzo en el refugio “El Peñón” trajo inevitablemente a colación el papel que desempeñó este importante sitio histórico tan sólo tres semanas antes, cuando con ocasión de nuestro viaje preliminar cumplió impecablemente la función para la cual había sido creado 130 años antes, salvándonos de una furiosa tormenta de viento blanco. Una corta caminata en la zona de los géiseres de Laguna Brava a 4300 m encendió las primeras señales de alarma que indicaban el fin de los paseos. El temido Mal de Altura y sus síntomas serían de ahora en adelante una temida compañía.

Por ahí tenemos que bajar...?

El programa era sencillo: había que aumentar gradualmente las horas de permanencia en altura. Nuestro segundo día nos llevó al borde del cráter de Corona del Inca, y con poco más de dos horas sobre los 5.500 m, la sola visión del desafío que supondría bajar 200 kg de equipamiento por el borde del cráter, hizo que se frunciera más de un ceño. Las matemáticas para el cálculo de pendientes y ángulos luchaban contra el dolor de cabeza de los integrantes. El grupo 4x4 decidió que había llegado el momento de bajar todo lo posible dos pick ups; un audaz intento que nos llevó a buscar el espacio más adecuado. El apoyo de los buzos fue inmediato, y la desconfianza de los pilotos, también. De los 1.500 m sólo fue posible hacer 500. El drenaje a la laguna se cerró en un chorrillo congelado en donde los penitentes dijeron: ¡Hasta aquí! Remontar el lecho congelado no fue tarea fácil, pero 1/3 era mejor que nada. Era hora de volver a la base y replantear la estrategia. El silencio y la preocupación general durante la cena obligaron a proponer un “día pila” o de descanso, la caminata de unos cuantos metros cuesta abajo y sin equipos sembró demasiadas dudas como para intentar algo día siguiente, así que recargaríamos pilas para intentarlo en la jornada posterior.

El Volcancito

No faltan alternativas para pasear y aclimatarse a la región, así que decidimos visitar esta maravilla geológica a poco más de 20 km de nuestra base. La ruta internacional en construcción por el Paso de Pircas Negras, que comienza en la localidad de Vinchina y que quiere unir a ésta con la chilena Copiapó, facilitó en gran medida nuestro avance. Una disparatada sesión de canoa y buceo en las frías aguas, generó la distensión que se buscaba. En cuanto retornamos al obrador el trineo para bajar los equipos por la canaleta congelada comenzó a hacerse realidad. Mientras el equipo de buceo se dedicaba a tareas metalúrgicas, los del equipo 4x4 decidíamos como atacar nuestro principal objetivo de viaje. Un trabajo de división en cuadrantes sobre la cartografía cerró la planificación de los próximos cuatro días de intentos para ganar altura con las 4x4. Esa tarde le tocó a la cumbre secundaria de 5.710 m y su hermoso mirador sobre el Campo de los Burritos Muertos. Llegar a una apacheta cercana a la cumbre, abrir la puerta de la camioneta y sacar de entre las piedras el sentido homenaje de un andinista a su padre fallecido, aumentaba notablemente el grado de confianza y la esperanza de poder concretar en este viaje los esperados 6.000 m para el registro Guinness.

 


Todo lo que baja, no necesariamente sube

El plan era simple pero ambicioso: tres horas y media para llegar de la base al borde del cráter, dos para bajar, otras dos horas para equiparse y bucear, y finalmente tres más para subir. Estas tres últimas sumaban las 7 horas de permanencia máxima esperada a 5.500 m, que junto a las tres horas y media requeridas para regresar, totalizaban las 14 horas de luz disponibles. Como en días anteriores, dos camionetas cargadas volvieron a bajar la inclinada canaleta.
Pasó una hora hasta que el trineo y equipos fueron distribuidos y alistados. Me hubiera gustado despedirme más adecuadamente, el esfuerzo heroico de esas seis personas bajando cargadas esa pendiente que luego deberían remontar casi al límite de sus fuerzas, bien lo valía. Lo último que vi de ellos fue su desesperado intento de controlar el trineo que prefería sucumbir ante los efectos de la gravedad sobre el arroyo congelado que a la fuerza bruta de las cuatro personas que tiraban de las cuerdas. Tenía 7 horas para intentar ascender la cara Oeste del Bonete, la más protegida de los vientos y, por ende, llena de obstáculos en forma nieve, hielo y penitentes que esperaban pacientes e implacables para impedirme avanzar más allá de los exiguos 5740 m que logré ese día y que por obra del destino, ya bien entrada la tarde, pude comprobar que se situaban en la vieja ruta que allá por el 2000 vio nacer esta inquietante necesidad de ganar altura con nuestros vehículos, sólo por diversión. La espectacular vista hacia la cordillera y la Corona del Inca no podían contra la desesperanza provocada por el hecho de fracasar esa mañana en lo que consideraba la ruta más viable para ganar altura de todo el viaje. Solo la alegría de ver aparecer al primer de los buzos por la canaleta, compensó sobremanera el mal día para el equipo 4x4.

¿Donde está Alejandro?


Como en toda familia grande, nosotros también teníamos nuestro rebelde. Era uno de los entusiastas 4x4 que decidió bajar al agua con su propio bote inflable (el gomón que se llevó para asistencia de los buzos hubo que abandonarlo a su suerte junto a valiosos elementos de equipo y lastre que fue imposible volver a subir). Su bote de 28 kg a punto estuvo de correr la misma suerte que nuestro gomón. El equipo de la Escuela Argentina de Buceo en horario, y para las 5 PM estaba completo, feliz y con instrucciones de volver a la base. Eran ya casi las 8 PM y Alejandro aún no regresaba. Sólo abandonando su pesada carga y 4 extenuantes horas después pudo asomarse al filo de máxima pendiente, en una zona de apenas unos cientos de metros pero en salvaje ángulo de 45º. Superar ese desnivel de casi 300 metros a 5500 m se convirtió en una experiencia irrepetible..., pero no para Alejandro, que al día siguiente volvió a buscar su querido bote.

El último cartucho...

Aliviados y con el objetivo cumplido, los integrantes del numeroso grupo de buceo se dispusieron a volver a la comodidad del hotel de Vinchina, mientras a nosotros se nos acababa el tiempo y el combustible. Había llegado el momento de presentar batalla a la cara Sur del volcán, sin duda la más áspera y el último recurso. Toda la semana estuvimos viendo esa enorme cicatriz dejada por la lava al fluir desde la boca del cráter en dicha dirección. No nos equivocábamos y el atrevimiento nos costó las dos primeras y únicas cubiertas rotas del viaje. Pero ganaríamos mucho más...
Era una mañana espléndida, casi tan perfecta como la de los días anteriores. Un marco irresistible para sucumbir ante la tentación de llegar a los restos del avión Curtiss C-46 siniestrado en la orilla Oeste de la Laguna Brava. Una osada estrategia de asalto a campo traviesa y poco más de 10 kilómetros fueron necesarios para adjudicarnos una justa victoria que levantara nuestra ya alicaída moral. Los festejos apenas duraron los instantes que tardamos en comprobar que teníamos por delante una caminata de casi un kilómetro por un pantano cenagoso. El brillo del aluminio era tan sólo una tentadora zanahoria distante, justamente así les debió parecer la costa de tierra firme a las pobres yeguas que eran transportadas por el avión y que lograron sobrevivir al triste accidente. Alfredo y su inmaculada parka amarilla, comprobaron su húmeda consistencia en menos de una fracción de segundo: la versión atacameña de arena movediza se lo tragó hasta la cintura con dos animales momificados por toda compañía. Finalmente se decidió a pedir ayuda. Volver a echarle una mano fue casi tan duro como convencerle de que la única forma de salir del atolladero era tirarse de panza y descargar así el peso sobre las piernas. Sin estar del todo convencido pero apremiado por la certeza de ver el mundo desde una óptica cada vez más próxima al suelo, se dejó caer y no sin esfuerzo se liberó, repitiendo a viva voz nuestra muletilla de viaje: “¡Qué momentoooooo,.. Colo. Qué momento!”, frase adoptada sólo para aquellas situaciones en donde el nivel de compromiso en que poníamos al 4x4 se elevaba incluso por encima de los niveles de nerviosismo y adrenalina que podía aportar un incómodo ángulo de subida. Terminada la distracción y la espectacular sesión de fotos en ese blanco mar de sal enfilamos a la Planchada del Hombre Muerto, acertado topónimo que involuntariamente estuvimos muy cerca de convertir en plural. Tres fueron las veces en que después de una o dos horas de subida nos encontramos al borde de un barranco sin salida (sádicas confirmaciones posteriores con las imágenes en 3D por satélite hablaban de 100 m ó 30 pisos de altura el más pequeño). Guardamos un particular recuerdo del último intento del día, aquel en el que, al llegar al borde, pudimos confirmar esa dura realidad que rezaba que habíamos olvidado embalar los paracaídas para las pick ups. Una sola mirada al espejo trasero bastó para que se acabaran instantáneamente sonrisas y bromas a la vista de la inmensidad del campo de lajas de punta y de la abrumadora pendiente que debíamos remontar marcha atrás. Era hora de pedirle al Sr. GPS que, por favor, nos sacara del lío, mientras le jurábamos que era el último. Cuando el reloj de la cabina marcaba las 22.00 horas nosotros todavía implorábamos misericordia al volcán Bonete para que nos habilitara una salida porque, sencillamente, daba la impresión que sólo existía una, aquella tan lejana por la cual habíamos entrado. Jugar a la gallinita ciega al filo de los 5.600 m y sin ningún auxilio disponible era la graduación de lujo para nuestro, ahora, muy serio navegante. La voz en la radio de nuestro amigo, que por tercer día consecutivo subía a Corona del Inca -ésta vez a buscar su bote-, fue una esperanzadora compañía. Claro que la probabilidad de que tuviera que ir a buscar un auxilio a 190 km de distancia le debió resultar casi tan espantosa como el hecho de tener que encontrarnos a medio camino de la cima del volcán. Hicieron falta más de 25 kilómetros en plena oscuridad para que finalmente nos encontráramos sobre huella conocida en donde la luz amiga del pick up de Alejandro nos colmó de alegría, casi tanto como el hecho de poder comprobar que esto del “Espíritu 4x4” no es puro cuento, sino una poderosa verdad, vigente y plena, parte esencial de la naturaleza del piloto 4x4. Planteadas así las cosas, no nos quedó más remedio que jurar volver.

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