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Si existen lugares con identidad propia dentro de la Península, la comarca de Sanabria tiene bien definida esa característica; las altas montañas que cierran la región, la fisonomía glaciar de su espacio físico, la abundancia de agua, la eterna belleza de sus bosques, la arquitectura tradicional de sus pequeñas aldeas, la magia de una cultura que ha salvado el paso del tiempo… todas ellas, incluido el propio lago, hacen de la tierra sanabresa un lugar único, tan bello y diferente como solitario, casi olvidado, ya que apenas los fines de semana de verano acoge la afluencia de un turismo que busca la naturaleza del parque natural, olvidando, quizás, que fuera de sus límites, los pueblos, los paisajes y las tradiciones conservan el mismo encanto.Nos hemos acercado a la zona para descubrir su magnífica belleza y singularidad y hemos disfrutado de ella por pistas, pero también hemos paseado por sus sendas a caballo con una pequeña empresa de Pedrazales, Sanabria a Caballo, y hemos pedaleado por sus caminos con Trades Aventura, otra pequeña empresa con la que terminamos nuestra aventura remando sobre las aguas del omnipresente lago de Sanabria. Hicimos partir nuestro recorrido de la población de Puente de Sanabria, un auténtico nudo de comunicaciones de la zona. Enseguida entramos en camino y nos encontramos rodeados de una naturaleza desbordante, tierras de bosques de castaños y robles, de tejos, serbales y arces, de helechos y multitud de flores tapizando suelos. Los caminos conservaban parte de la abundante agua caída en los últimos días, pero Sanabria es una tierra de agua y no influyeron en nuestro deambular los pequeños tramos de barro. Poco a poco fuimos enlazando poblaciones y asomándonos a las amplias panorámicas que los propios montes ofrecían. Los conjuntos tradicionales nos parecieron verdaderos museos, ya que los habitantes de la comarca han tenido el buen gusto de conservar la fisonomía tradicional de sus viviendas, de forma que la pizarra, la piedra y la madera dan belleza a las aldeas, como lo hacen los corredores de madera de roble o castaño, las escaleras de piedra, los hornos. Sanabria es tierra fría, así que las bellas casas nos recordaron aquellos tiempos en los que la dureza del clima se evitaba con establos en el piso inferior, para que el calor animal ascendiera a las viviendas a través de tablas de madera, con pequeñas ventanas, con chimeneas que hablaban de un hogar en el que cocinar y junto al que entrar en calor.  |  |  |  |  | | Vivimos una gran aventura descubriendo Sanabria, paseando por sus caminos tradicionales a caballo, surcando las aguas del lago en canoa, andando por zonas altas del parque natural, buscando la memoria de Unamuno en San Martín de Castañeda y circulando por los caminos para descubrir la magnífica belleza natural de las altas sierras, de las pequeñas poblaciones tradicionales, de la singularidad sanabresa, al fin. | |  |  |  | Fuimos enlazando por caminos lugares como Trefacio, Villarino y Rozas y entonces buscamos las fuertes subidas hacia uno de los puntos más bellos del recorrido: la Sierra de San Juan. Comenzamos el ascenso hasta detener el coche al borde de las peñas del Cerro del Castriello, conocido vulgarmente por Castillo del Moro, por los restos de un primitivo asentamiento celta sobre la cima rocosa del lugar. Después seguimos subiendo y los paisajes fueron abriéndose hasta ofrecer un horizonte ilimitado sobre la comarca. Enmudecimos ante tanta belleza desde la cima del Cimbrio de Armida, junto al repetidor y a más de 1.300 metros; desde allí la Sierra Segundera y Peña Trevinca, la Cabrera, Carballeda, incluso la Culebra, todo parecía estar a nuestro alcance hacia los cuatro puntos cardinales, y parte del lago, las cuencas del Tera, del Negro y del Villarino, las pequeñas aldeas, la densa vegetación… No era difícil en aquel punto sentirse parte del inmenso espacio. Después comenzamos el descenso hacia Santiago de la Requejada, en la falda oriental de la sierra y, tras cruzar ésta y Rosinos, entramos de nuevo en camino junto a una base de aviones para incendios. Nos acercamos a Doney de la Requejada, entramos en camino para alcanzar Rábano, una de las aldeas más bellas de Sanabria, dicen, y quizás tengan razón porque la belleza del lugar es innegable, tanto como el cuidado de sus habitantes a la hora de conservar los relieves de piedra de sus fachadas, la arquitectura tradicional de sus casas, el bellísimo crucero, el Vía Crucis, la iglesia o los pintorescos rincones del núcleo urbano. Después buscamos otro de los lugares emblemáticos de la comarca de Sanabria: Nuestra Señora de la Alcobilla. El santuario, de gran tradición de peregrinos, añadía el encanto de la bella ubicación y de los impresionantes castaños centenarios de su entorno inmediato. Aquel lugar parecía recoger multitud de sensaciones y emitía algo especial; el asentamiento de origen romano, el mismo templo, los bellísimos castaños, el silencio natural del entorno, incluso la propia cerca, que parecía querer guardar las experiencias vividas durante muchos siglos por los peregrinos, ayudaban a crear un ambiente especial en la Alcobilla. Nos quedamos impresionados por la magnitud de los castaños, la envergadura de sus copas, de sus troncos, la "candela" -flor- que llenaba sus ramas, los claro-oscuros que provocaba el sol intentando penetrar entre las ramas… todo nos permitió disfrutar del singular encanto del lugar. Continuamos nuestra ruta contemplando pequeños pueblos muy bellos y remotos, como Coso y San Ciprián. Este último reflejaría el final de las aldeas de Sanabria del recorrido que marcamos, puesto que nuestra intención era terminar cruzando la cuerda de la Sierra de la Cabrera Baja, por el camino tradicional de San Ciprián a la población leonesa de La Baña, y descender a este último lugar para acercarnos al también lago glaciar de La Baña. El ascenso a la sierra nos dejó algunas de las más bellas imágenes del recorrido; la altitud del camino, que nos llevó casi a 2.000 metros de altitud, nos mostró pastos de alta montaña, cumbres de rocas erosionadas por la acción de la nieve y el hielo y nos permitió llevar nuestra vista hasta latitudes insospechadas en dirección a Sanabria y al sur. Aún sobre nuestra curva de nivel se elevaban las altas cimas occidentales de la Cabrera y las de la Sierra Segundera, todas por encima de los 2.000 metros. Si el ascenso nos dejó impresionados, no menos ocurrió con el descenso hasta La Baña. Lo recóndito del lugar, la arquitectura tradicional y la singularidad del espacio nos encantaron, como la insólita belleza del circo y del lago de La Baña, a donde llegamos para poner punto final a la ruta. Sin embargo, y ya fuera de recorrido, decidimos volver a Sanabria atravesando de nuevo la Cabrera Baja pero por una pequeña carretera que partía de la cercana Truchas y acababa en Escuredo. De nuevo las altas cumbres, los grandes espacios, los eternos horizontes y, al final, el lago de Sanabria, donde íbamos a realizar nuestra mutliaventura. Paseamos a caballo por los bosques de roble, junto al río Tera, sintiéndonos parte de la descomunal naturaleza; navegamos en silencio por las aguas del lago de Sanabria, escuchamos sus leyendas, contemplamos el cambiante tono de sus enigmáticas aguas; después lo rodeamos en bicicleta, llegando hasta sus confines, y nos atrevimos a pasear por las tierras altas del parque natural hasta la presa de Vega de Tera, aquella que una desafortunada noche de 1959 cedió inundando el pueblo de Ribadelago Viejo y segando la vida de casi todos aquellos que lo habitaban. |