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1ª Etapa Raid Koleos


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Raid Koleos (572 Kb)
Atravesando océanos

Ruta Transiberiana y Ruta de la Seda. El Raid Koleos está oficialmente en marcha. Después de meses de preparación en Francia, volamos a Corea del Sur donde finalmente iniciamos un increíble recorrido que nos llevará a atravesar Asia y Europa sobre una nueva montura cuyo origen, sin embargo, nos es familiar: el Renault Koleos…

Textos: Megan Unmee Son.
Fotos: Laurent Granier


Mientras esperamos de pie para chequear en el aeropuerto Charles de Gaulle, nos damos cuenta de que apenas un vuelo, aunque largo, nos separa del punto de partida del Raid Koleos. Nuestra misión: saltar hasta Corea del Sur para desde allí cruzar Asia siguiendo una ruta que en menos de dos meses nos devolverá a Europa a bordo del nuevo crossover de Renault. Serán un total de 25.000 kilómetros sobre carreteras mejor y peor asfaltadas, pistas nevadas, atravesando el desierto y la taiga, y dejando atrás las innumerables maravillas del este. El itinerario, en principio, debía pasar por China siguiendo exactamente la Ruta de la Seda, y luego entrar en Asia Central, y cruzar Irán y Turquía para llegar a mediados de abril a Estambul. Pero los retrasos insoportablemente largos de la administración china que habrían postergado nuestra salida más de un par de meses, nos decidieron a cambiar nuestra ruta, de modo que retomaremos la Ruta de la Seda siguiéndola a partir de Asia Central. Para evitar China sólo hay una conocida ruta de tierras abandonadas: la transiberiana. Pero estamos dispuestos, y no importa que estemos en pleno invierno y que apenas distingamos puntos y vías que conecten con Tchita, al este. Un simple vistazo al mapa deja claro que los caminos son pocos, pero no imposibles. Apostamos por la superficie prensada de un camino cubierto por hielo para cruzar las solitarias tierras siberianas, con temperaturas que pueden caer a plomo a -40C. Máxima exigencia y un auténtico examen para el funcionamiento y la durabilidad de nuestra montura, y también una prueba para nosotros. La confirmación de que un compañero de viaje intenta la misma ruta desde apenas unas semanas antes que nosotros es inspiradora. Comienza la aventura…

Tierra de Modernidad y calma


Estamos a 19 de febrero de 2008. Corea del Sur, la tierra de la mañana tranquila (en calma) nos da la bienvenida. Sin embargo, al llegar a su capital, Seúl, en hora punta, cualquier atisbo de calma desaparece y queda claro que el tigre asiático sigue rugiendo. En el cuadro de mandos los GPS parpadean despreciando las amplias avenidas de la ciudad bajo la enorme TV de plasma. Circulando por las calles de neón del centro, observamos la gente que se agrupa en torno a carritos humeantes de vapor para tomar un bocado o un té rápido mientras marzo de otros con bríos en el aire de invierno como ellos hacen su camino a casa. Muchachas adolescentes, vestidas a la última moda, charlan con la superficie resbaladiza(con el escoplo), muchachos espigados (¿con el pelo en punta?) en vaqueros de dril flacos y la charla de hombres de negocio vestida de modo idéntico sobre los últimos teléfonos móviles. Aquí, en plena vorágine urbana nuestro vehículo parece sentirse como en casa, y nos preguntamos como se comportará en circunstancias más complicadas, atravesando territorios más duros…

Nuestro Koleos aparece casi tal cual es de serie. Los únicos cambios que se han hecho para este viaje son una plancha de acero para proteger el motor, y una batería suplementaria para proporcionar electricidad a nuestro equipo mientras estamos en pleno camino, que además alimentará al cojín térmico imprescindible para el motor en Siberia. En cuanto a las piezas de recambio, viajamos con poco equipaje: un gato de repuesto, un torno eléctrico, elementos para absorber posibles impactos en la zona frontal y trasera y algunos artículos básicos como cadenas, enchufes, filtros y lámparas.

Con rumbo Este nos dirigimos hacia las montañas antes de llegar al Puerto de Sokcho, punto de partida del ferry que atravesando el Mar de Japón nos lleva de Dongchun a Vladivostok. El paso por inmigración y la aduana resulta sencillo, así que una vez subimos a bordo al Koleos nos instalamos nosotros. El Mar de Japón se extiende al frente como un gélido aviso de lo que nos espera: temperaturas bajo cero y nieve en una de las regiones probablemente más aisladas en el mundo. Por el momento, sin embargo, las simples expectativas mantienen calientes nuestras cabezas. Durante nuestra permanencia en Corea, aunque breve, hemos disfrutado de una hospitalidad genuina y un amable apoyo. Pronto nos podremos calentar con el vodka, pero de momento saboreamos nuestro último brindis de soju con algunos amigos coreanos que nos desean un buen viaje. ¡Viva Corea!

En el barco, coches, y otras mercancías alojadas en contenedores se dirigen hacia su destino en tierras rusas. El trabajo administrativo es liviano, el mismo día en el barco se sellan los permisos para la importación temporal (ATA) de los diferentes bienes, pero el inconveniente llega de otro lado, y es que si los papeles no están sellados en Rusia, allí no los reconocen.

Bienvenidos al Extremo Oriente


Antes de abandonar Sokcho nos aconsejaron desembarcar en Zarubino, la primera escala rusa, y no esperar que el barco alcance Vladivostok. Después de casi dieciocho horas sintiendo el pesado efecto del océano en nuestros estómagos, nos alivia pisar terreno firme. Y volviendo al tema de Zarubino, comprobamos que el consejo es bueno, ya que la mayor parte de las mercancías y los grandes contenedores grandes siguen hacia Vladivostok donde su contenido es procesado, mientras el volumen que pasa por Zarubino es comparativamente minúsculo. Un aduanero amable nos ayuda agilizando los trámites, es como un oxímoron en el mundo de los puertos, donde resulta habitual que la espera para recuperar un vehículo se prolongue durante días. Sin embargo, el ordenador se estropea y como no pueden imprimir la tarjeta de importación temporal, nos vemos obligados a esperar. El tic tac de los segundos deja paso a los minutos y a las horas y nuestros estómagos empiezan a conocer el sonido de hambre, así que buscamos un lugar para cambiar el dinero. Pero no tenemos suerte. Encontramos una pequeña tienda e intentamos convencer a la mujer que se sitúa tras el mostrador para que acepte nuestros euros, pero se muestra poco dispuesta. El lugar más próximo para cambiar moneda extranjera está bastante lejos, en Vladivostok. Finalmente la tendera se compadece y acepta el dinero a cambio de algún pan, embutidos y queso. Después de más de 6 largas horas de espera en el puerto por fin estamos listos para enfrentarnos a los 200 km de pavimento que nos llevan a Vladivostok.

Fundado en 1860, Vladivostok fue en su tiempo un puerto internacional que podía evocar los de Hong Kong o Shanghai. Cuando en 1922 llegaron los bolcheviques Stalin ordenó la deportación de todos los extranjeros y el libre acceso a la ciudad se prohibió en 1958 incluso para los rusos. Maria, un ruso expatriado que actualmente vive en Canadá, me confesó: “Nací no lejos de Vladivostok, y luego crecí en Barnaoul, que está más al oeste. Volví a Vladivostok en los años 70, siendo estudiante universitario, y todavía por entonces necesité un permiso para visitar el lugar donde por primera vez vi la luz. De hecho hasta 1992 no pudimos entrar libremente en la ciudad.”

Los efectos de este paréntesis en el tiempo se dejan notar, aunque la población lentamente intente recuperar su imagen cosmopolita. En las calles, pieles y joyas de mujeres comparten espacio de acera con atuendos propios de los miembros de las fuerzas armadas, nuevos vehículos 4x4 ruedan al lado de tranvías antiguos y los neones se encienden a los pies de lo que una vez fueron gloriosos edificios de estilo soviético. Submarinos y buques de carga procedentes de diferentes partes del mundo llenan el puerto, mientras enormes fábricas vomitan humo negro sobre el horizonte de la ciudad.

La costa, sin embargo, es impresionante. Mirando la “Bahía del Cuerno de Oro”, observamos en la distancia el modo en que los árboles cubren el terreno que sube hacia las penínsulas y cómo en torno a ellas el océano se cubre de una placa helada. Los pescadores de hielo se ponen en cuclillas alrededor de los agujeros que previamente han taladrado mientras las almas más valientes toman un baño en las gélidas aguas. Vladivostok, sea cual fuere el punto de melancolía que provoque, es cierto que conserva un elemento de romanticismo. Es, de hecho, el punto final del famoso tren Transiberiano, y lleva pasajeros hasta lo que parece uno de los confines de la tierra.

Antes de dirigirnos al norte le hacemos un pequeño regalo al Koleos: unos neumáticos de nieve. Con cierta inconsciencia nosotros habíamos pensado que podríamos arriesgar y seguir con nuestros neumáticos para todo tiempo, pero nuestros amigos en el distribuidor de Renault local nos aconsejan de otra manera: “¡Nadie en Vladivostok usa esos neumáticos en invierno, y mucho menos si pretende hacer la ruta del Transiberiano con ellos! Sería una locura. ¡O los cambian o se arriesgan a no salir bien parados! Además, es improbable que encuentren neumáticos en el camino”. Con el miedo bien metido en el cuerpo, finalmente seguimos su consejo. Sabemos que por delante nos esperan las pistas más nevadas. En el próximo capítulo que podéis seguir en Auto Aventura 4x4 os describiremos nuestro camino hacia la floreciente ciudad de Khabarovsk, situada a orillas del río Amur, a apenas unos pocos kilómetros de la frontera China...

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