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En el norte de Soria, entre profundos valles y desoladas montañas, nace el río Linares antes de empezar a abrirse camino por tierras riojanas. En su vega, y en las de sus primeros y jóvenes afluentes, se asientan una serie de poblaciones que, pese a su abandono, conservan todo el sabor de antaño. Visitarlas supone un auténtico viaje al pasado. Por María de la EsperanzaEn esta ocasión hemos definido un recorrido un tanto atípico, ya que estas poblaciones sólo tienen un acceso por pista y se debe regresar por el mismo camino. Por lo tanto, la ruta es bastante sencilla de seguir, y no plantea dificultades salvo por la presencia de barro.
Pero antes de dirigirnos hacia la sierra, merece la pena una visita a la población de San Pedro Manrique, que hemos escogido como punto de inicio y final de este recorrido, y que se ha convertido en la cabeza de esta comarca plagada de pequeñas poblaciones, muchas de ellas completamente abandonadas. En esta antigua villa la presencia humana está documentada desde época anterior a los romanos, aunque su mayor auge lo vivió entre los siglos XIII y XVI, gracias a la mesta, ya que toda la serranía era un importante criadero de ovejas merinas que durante el invierno se trasladaban en busca de pastos a lugares como el valle de la Alcudia en Ciudad Real, o a tierras extremeñas. De aquella época quedan en la población algunos grandes y adustos caserones construidos con recias piedras, en cuyas fachadas se conservan labrados en piedra los escudos de nobles linajes de las familias más influyentes de la localidad. Posteriormente fue un importante centro de manufactura de tejidos, especialmente mantas, aunque hoy las fábricas están derruidas. También quedan algunos restos del castillo y las murallas que defendían la localidad. Actualmente la villa es conocida por los festejos con que se celebra la noche de San Juan, entre el 23 y el 24 de junio, con el llamado “paso del fuego”, en el que los llamados “pasadores” atraviesan descalzos una alfombra formada por brasas de una gran hoguera. Al día siguiente se celebra la tradición de “Las Móndidas”, en la que tres jóvenes solteras del pueblo desfilan por las calles portando sobre sus cabezas cestos de mimbre decorados con flores y cintas. Ambas tradiciones se pierden en la noche de los tiempos, y se cree que pueden tener su origen en diversos ritos celtíberos.
Desde la pequeña gasolinera de la población iniciamos este recorrido que en un primer momento nos conduce hasta Tañine, a unos cuatro kilómetros. Tañine llegó a quedar también prácticamente abandonada, salvo por la presencia continua de una familia, aunque en los últimos años se han arreglado bastantes casas, e incluso se ha construido un alojamiento de turismo rural. Junto a la población comienza la pista que inmediatamente asciende hacia la sierra, en este primer tramo atravesando un espectacular hayedo que se corresponde con uno de los extremos del extenso Hayedo de Enciso.
En la casilla 6 llegamos a un cruce donde hay un gran cartel con un mapa de la zona, poco realista, pero que indica, entre otros, los pueblos que vamos a visitar. Tras remontar un primer collado la pista comienza a descender, y pronto, en la lejanía, se observa la silueta de la población de Buimanco, a la que llegamos tras remontar un nuevo collado. A partir de aquí la pista empeora, volviéndose más estrecha e incómoda. El camino continúa serpenteando salvando los cauces de diferentes arroyos que van a desaguar al todavía joven río Linares. Pronto desde la pista es visible la siguiente población de este recorrido, Valdemoro de San Pedro, recostada sobre la ladera de un pequeño pero frondoso valle. Debemos continuar por la pista otros siete kilómetros para ver a nuestra izquierda, al otro lado del valle, la población de Armejún, que de momento dejaremos a un lado para visitarla al regreso. A partir del cruce de Armejún la pista, que se vuelve más estrecha e incómoda, comienza a descender hacia el cauce del río Linares. No tardan en aparecer las primeras edificaciones de Villarejo, pero sólo a medida que descendemos se hace visible todo el caserío. No hace mucho que se arregló el acceso hasta el pueblo, hasta entonces impracticable debido al derrumbe de una casa. Ya se han retirado los escombros y habilitado un espacio para dar la vuelta fácilmente.
Tras la visita a Villarijo debemos regresar por el mismo camino, pero al llegar al cruce de la casilla 10 giramos a la derecha para visitar Armejún, última localidad abandonada de esta sorprendente comarca. Desde allí regresamos por el mismo camino hasta Tañine, y después, por asfalto, a San Pedro Manrique, localidad en la que ponemos punto y final a este recorrido. |